jueves, 21 de enero de 2016

Presentación en Vigo. Casa del Libro.

Cuando me puse a escribir este libro, lo planteé como un problema. Tenía una impresión (que convertí en una hipótesis) que me decía que Madrid es una grave anomalía, que el centralismo está mucho más arraigado que lo que el discurso oficial, autonómico, de la España diversa y plural, nos cuenta. Yo creía que su influencia en el desarrollo político, económico y social del país sigue siendo tan determinante como hace décadas y siglos, y creo que este centralismo está en el origen de muchos de los problemas recurrentes que se repiten en nuestra historia, de los pasados y de los presentes.

Tampoco es una hipótesis muy original. Las quejas sobre el centralismo de Madrid son antiguas. Pero a mí la discusión tal y como estaba planteada no me convencía; los planteamientos me parecían muy parciales, muy locales, casi siempre ligadas a cuestiones identitarias, y estaban como focalizadas en determinados momentos de la Historia. Los males del centralismo se planteaban como deudas pendientes, cosas que habían pasado pero que todavía se arrastraban, como viejos agravios, cosas de herencias mal repartidas en familias mal avenidas. Yo quería respuestas generales, permanentes, estructurales.

Y escribí este libro.

Pero ahora me encuentro con que, cuando la gente me pregunta, quiere saber qué clase de deuda tengo yo, de modo particular, con Madrid.

Por ejemplo, hace unos días un periodista me pidió que le demostrase que no era un provinciano envidioso de la capital. Otro me preguntó cómo había sido yo perjudicado por Madrid. Y la verdad, no me lo esperaba. No tenía respuestas para estas preguntas.

Así que como el prólogo, que aparece al principio de los libros pero se escribe al final, he tenido que repensar las razones, las mías, particulares, para escribir este libro.

¿Qué problema tengo yo con el centralismo? ¿Y qué problema tengo con Madrid? ¿Qué problema tengo como vigués, como gallego, como español-periférico?

Lo cierto es que sí, ahí se encierra una gran cuestión. El centralismo nos afecta, y mucho. Y de un modo muy personal. Porque, ¿es casualidad que yo escriba este libro y sea vigués? Una ciudad a 600 km de Madrid que no es capital y que por ese simple motivo, una cuestión meramente administrativa, nominal, debe intermediar con Pontevedra o Santiago su relación con el Estado (del modo semejante a la intermediación de Madrid con Europa) Pues no, no es casualidad. Creo que si yo viviese en Argüelles, o en Barajas, o incluso, yo qué sé, en Sevilla, mi perspectiva sería otra.

Porque en España, la simple proximidad con el poder es un privilegio. Y si estamos muy cerca del Estado, si ocupamos cargos públicos, tenemos ventajas evidentes, o si tenemos familiares dentro, o amigos, o vecinos, nuestra vida es mejor, más fácil, más segura, más alegre incluso.

Tener mano en el ayuntamiento, un familiar en la administración de Justicia, un amigo en la Diputación simplifica la vida y puede ser de gran provecho. Ser simple vecino de la capital asegura mejores carreteras, acceso a una oferta cultural subvencionada, derecho a tener el mejor aeropuerto del país, a vecindar con las sedes -y los gestores- de los más grandes bancos, y de las mayores empresas del país.

Y este es el provecho -un provecho personal- que la capitalidad reporta en España, y nos gradúa a los españoles entre los privilegiados -cercanos al poder- y los perjudicados -menesterosos que no cuentan con la protección de ese gran poder-.

Todos tenemos con el Estado, con el poder, una relación que se mueve entre la dependencia y la complicidad. Y por eso cualquier discusión sobre el centralismo tiene una sospecha de interés personal, en defender los propios privilegios o poner en riesgo los viejos derechos adquiridos.

Porque el Estado en España no es la administración de lo Público, de lo que es común y nos pertenece a todos como ciudadanos. En España lo Público es una propiedad del Estado, que lo usa en su propio provecho y lo organiza de un modo jerárquico, según una visión central, centralizada en Madrid, obligando a la sociedad a acomodarse a esta visión centrada del poder. Esto es lo que en realidad cuento y los argumentos que presento en el libro explican cómo esta extrema concentración lo ha condicionado todo, la historia, nuestro desarrollo económico, social, y político, hasta hacernos a todos los españoles cómplices y deudores de este estado de cosas.

Argumentos, por ejemplo, de cómo el rapto de la corte a Madrid por Felipe II y de su propia clausura en sus habitaciones para ser rey absoulto sin dar cuentas a nadie más que a Dios, ha supuesto la constitución de un poder aislado e irresponsable, hasta el día de hoy, en que tenemoseso: un Jefe del Estado irresponsable, al que no se le pueden exigir responsabilidades y unos presidentes de Gobierno inaccesibles que antes o después sucumben a un misterioso mal conocido como “síndrome de la Moncloa”

De cómo cada impulso de crecimiento de Madrid se ha llevado a cabo en perjuicio del resto del país, agravando el vacío en torno a la capital. Perjuicio que sufrió primero Toledo, que derivó en la decadencia de Castilla ya en el XVII, y que afecta a toda España.

De cómo, en cada gran crisis de España, Madrid ha mantenido su posición de privilegio mediante la transferencia de rentas: para sostener la corte en los s. XVII-XVIII, o despues de la Guerra Civil recuperándose antes que ninguna otra región española los niveles previos a la guerra y hoy día, cuando en plena ruina general, Madrid se consolida como una isla de salvación de la clase media gracias al soporte del Estado.

De cómo Madrid se presenta como el gran cohesionador nacional cuando no ha cohesionado nada en absoluto, y España sigue mostrando las mismas divisiones que hace un siglo (Por ejemplo: en el patrón de fracaso escolar N-S de España o en la pervivencia de las mismas tensiones nacionalistas).

O de cómo se presenta como la gran solidaria, cuando lo cierto es que Madrid jamás ha compartido su poder, su capitalidad, y sigue acaparando el poder ejecutivo, legislativo y judicial, los partidos políticos, la jefatura del Estado, el poder económico o la investigación; en resumen: todo, todo lo cual jamás ha tenido la intención de compartir.

Cómo Madrid, para mantener su poder, usa el fraude, de ley o sin ley. Como la Ley electoral de la democracia, diseñada en 1977 como un instrumento maquiavélico -y esto lo cuenta uno de sus creadores, Oscar Alzaga- para dar al gobierno de Adolfo Suárez la mayoría absoluta con un 36 % de los votos. Un robo de diputados a los partidos minoritarios que ha degenerado en el más extremo bipartidismo de Europa occidental, otra forma de centralización y concentración del poder.

De cómo se posiciona como garantista de la igualdad de los españoles frente a la injusticia de los llamados derechos históricos de las nacionalidades, cuando el gran hecho diferencial de España, el mayor residuo histórico de España, es la capitalidad de Madrid, una herencia que justifica la máxima concentración de poder en un reducido grupo de privilegiados y su derecho para darlo en sucesión a quien les plazca, hijos naturales o políticos, amiguetes del partido, o incluso a la esposa del jefe.

De cómo Madrid se hizo con la dirección ejecutiva de la industria española mediante la Ley, el Decreto-Ley y el monopolio y cerciendo de una cultura industrial.

De cómo Madrid es una economía adicta a la deuda, y ha transmitido esta adicción a toda la economía española, deficitaria en su comercio internacional y con deuda neta creciente desde que se inició el proceso de nacionalismo económico con Primo de Rivera.

De cómo Madrid ha monopolizado el discurso de lo español, de modo que los no madrileños somos gente periférica, nacionalista, sospechosa de antiespañismo por atacar este estado de cosas y su monopolio de poder.

En definitiva, de cómo Madrid el poder es el negocio de Madrid, y de cómo usando este poder para ser más la ciudad rica, los españoles somos más pobres. 

Muchas gracias.



Vigo, 21 de marzo de 2013

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