Cuando me puse a
escribir este libro, lo planteé como un problema. Tenía una
impresión (que convertí en una hipótesis) que me decía que Madrid es una grave
anomalía, que el centralismo está mucho más arraigado que lo que
el discurso oficial, autonómico, de la España diversa y plural, nos
cuenta. Yo creía que su influencia en el desarrollo político,
económico y social del país sigue siendo tan determinante como hace
décadas y siglos, y creo que este centralismo está en el origen de
muchos de los problemas recurrentes que se repiten en nuestra
historia, de los pasados y de los presentes.
Tampoco es una
hipótesis muy original. Las quejas sobre el centralismo de Madrid
son antiguas. Pero a mí la discusión tal y como estaba planteada no
me convencía; los planteamientos me parecían muy parciales, muy
locales, casi siempre ligadas a cuestiones identitarias, y estaban
como focalizadas en determinados momentos de la Historia. Los males
del centralismo se planteaban como deudas pendientes, cosas que
habían pasado pero que todavía se arrastraban, como viejos
agravios, cosas de herencias mal repartidas en familias mal avenidas.
Yo quería respuestas generales, permanentes, estructurales.
Y escribí este
libro.
Pero ahora me
encuentro con que, cuando la gente me pregunta, quiere saber qué
clase de deuda tengo yo, de modo particular, con Madrid.
Por ejemplo, hace
unos días un periodista me pidió que le demostrase que no era un
provinciano envidioso de la capital. Otro me preguntó cómo había
sido yo perjudicado por Madrid. Y la verdad, no me lo esperaba. No
tenía respuestas para estas preguntas.
Así que como el
prólogo, que aparece al principio de los libros pero se escribe al
final, he tenido que repensar las razones, las mías, particulares,
para escribir este libro.
¿Qué problema tengo yo
con el centralismo? ¿Y qué problema tengo con Madrid? ¿Qué
problema tengo como vigués, como gallego, como español-periférico?
Lo cierto es que sí,
ahí se encierra una gran cuestión. El centralismo nos afecta, y
mucho. Y de un modo muy personal. Porque, ¿es casualidad que yo
escriba este libro y sea vigués? Una ciudad a 600 km de Madrid que
no es capital y que por ese simple motivo, una cuestión meramente
administrativa, nominal, debe intermediar con Pontevedra o Santiago
su relación con el Estado (del modo semejante a la intermediación
de Madrid con Europa) Pues no, no es casualidad. Creo que si yo
viviese en Argüelles, o en Barajas, o incluso, yo qué sé, en
Sevilla, mi perspectiva sería otra.
Porque en España,
la simple proximidad con el poder es un privilegio. Y si estamos muy
cerca del Estado, si ocupamos cargos públicos, tenemos ventajas
evidentes, o si tenemos familiares dentro, o amigos, o vecinos,
nuestra vida es mejor, más fácil, más segura, más alegre incluso.
Tener mano en el
ayuntamiento, un familiar en la administración de Justicia, un amigo
en la Diputación simplifica la vida y puede ser de gran provecho.
Ser simple vecino de la capital asegura mejores carreteras, acceso a
una oferta cultural subvencionada, derecho a tener el mejor
aeropuerto del país, a vecindar con las sedes -y los gestores- de
los más grandes bancos, y de las mayores empresas del país.
Y este es el
provecho -un provecho personal- que la capitalidad reporta en España,
y nos gradúa a los españoles entre los privilegiados -cercanos al
poder- y los perjudicados -menesterosos que no cuentan con la
protección de ese gran poder-.
Todos tenemos con el
Estado, con el poder, una relación que se mueve entre la dependencia
y la complicidad. Y por eso cualquier discusión sobre el centralismo
tiene una sospecha de interés personal, en defender los propios
privilegios o poner en riesgo los viejos derechos adquiridos.
Porque el Estado en
España no es la administración de lo Público, de lo que es común
y nos pertenece a todos como ciudadanos. En España lo Público es
una propiedad del Estado, que lo usa en su propio provecho y lo
organiza de un modo jerárquico, según una visión central,
centralizada en Madrid, obligando a la sociedad a acomodarse a esta
visión centrada del poder. Esto es lo que en realidad cuento y los
argumentos que presento en el libro explican cómo esta extrema
concentración lo ha condicionado todo, la historia, nuestro
desarrollo económico, social, y político, hasta hacernos a todos
los españoles cómplices y deudores de este estado de cosas.
Argumentos,
por ejemplo, de cómo el rapto de la corte a Madrid por Felipe II y
de su propia clausura en sus habitaciones para ser rey absoulto sin
dar cuentas a nadie más que a Dios, ha supuesto la constitución de
un poder aislado e irresponsable, hasta el día de hoy, en que
tenemoseso: un Jefe del Estado irresponsable, al que no se le pueden
exigir responsabilidades y unos presidentes de Gobierno inaccesibles
que antes o después sucumben a un misterioso mal conocido como
“síndrome de la Moncloa”
De
cómo cada impulso de crecimiento de Madrid se ha llevado a cabo en
perjuicio del resto del país, agravando el vacío en torno a la
capital. Perjuicio que sufrió primero Toledo, que derivó en la
decadencia de Castilla ya en el XVII, y que afecta a toda España.
De
cómo, en cada gran crisis de España, Madrid ha mantenido su posición
de privilegio mediante la transferencia de rentas: para sostener la
corte en los s. XVII-XVIII, o despues de la Guerra Civil
recuperándose antes que ninguna otra región española los niveles
previos a la guerra y hoy día, cuando en plena ruina general, Madrid
se consolida como una isla de salvación de la clase media gracias
al soporte del Estado.
De
cómo Madrid se presenta como el gran cohesionador nacional cuando no
ha cohesionado nada en absoluto, y España sigue mostrando las mismas
divisiones que hace un siglo (Por ejemplo: en el patrón de fracaso escolar N-S de España o en la pervivencia de las mismas tensiones nacionalistas).
O
de cómo se presenta como la gran solidaria, cuando lo cierto es que
Madrid jamás ha compartido su poder, su capitalidad, y sigue
acaparando el poder ejecutivo, legislativo y judicial, los partidos
políticos, la jefatura del Estado, el poder económico o la
investigación; en resumen: todo, todo lo cual jamás ha tenido la
intención de compartir.
Cómo
Madrid, para mantener su poder, usa el fraude, de ley o sin ley. Como
la Ley electoral de la democracia, diseñada en 1977 como un
instrumento maquiavélico -y esto lo cuenta uno de sus creadores, Oscar
Alzaga- para dar al gobierno de Adolfo Suárez la mayoría absoluta
con un 36 % de los votos. Un robo de diputados a los partidos
minoritarios que ha degenerado en el más extremo bipartidismo de
Europa occidental, otra forma de centralización y concentración del
poder.
De
cómo se posiciona como garantista de la igualdad de los españoles
frente a la injusticia de los
llamados derechos históricos de las nacionalidades, cuando el gran
hecho diferencial de España, el mayor residuo histórico de España, es la capitalidad de Madrid, una herencia que justifica la máxima
concentración de poder en un reducido grupo de privilegiados y su
derecho para darlo en sucesión a quien les plazca, hijos naturales o
políticos, amiguetes del partido, o incluso a la esposa del jefe.
De
cómo Madrid se hizo con la dirección ejecutiva de la industria
española mediante la Ley, el Decreto-Ley y el monopolio y cerciendo de una cultura industrial.
De
cómo Madrid es una economía adicta a la deuda, y ha transmitido
esta adicción a toda la economía española, deficitaria en su
comercio internacional y con deuda neta creciente desde que se inició
el proceso de nacionalismo económico con Primo de Rivera.
De
cómo Madrid ha monopolizado el discurso de lo español, de modo que
los no madrileños somos gente periférica, nacionalista, sospechosa
de antiespañismo por atacar este estado de cosas y su monopolio de
poder.
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