jueves, 21 de enero de 2016

Presentación en A Coruña. Librería Arenas.

Quienes pasen de los cuarenta quizá recuerden las trifulcas políticas y desencuentros que originó la institución de la capital autonómica en Santiago. Especialmente en Vigo, la posible capitalidad autonómica de A Coruña -que era entonces la capital administrativa de Galicia- generaba una enorme desconfianza por que se entendía que originaría un insoportable centralismo coruñés. El caso es que así se entendió en buena parte de Galicia y Santiago fue elegida por generar menor rechazo, por su simbolismo histórico y cultural, y quizá también para desvincular el nuevo gobierno del pasado.

Treinta años después de aquellos inicios, Santiago Rey Fernández-Latorre, en la entrega de sus premios en 2009, acusaba a un centralismo de nuevo cuño de aliarse con resabios localistas para perjudicar a los intereses generales de Galicia. Entonces se decidía la fusión de las cajas de ahorros, y este centralismo de nuevo cuño era, claro madrileño, en concreto del PSOE de Zapatero. Manuel Ruíz Rivas, portavoz parlamentario del PP hablaría incluso de una deriva centralsita anticonstitucional

El mismo día y lugar que Fernández-Latorre, el presidente Feijoo, le contestaba en su discurso a con las siguientes palabras

Esa Galicia global, señoras e señores, non é unha Galicia única ou un novo centralismo nin tampouco unha coalición uniforme, senón un país integrado que non se conforma con espertar do seu sono…

Se supone que Feijoo alude -y niega- al novo centralismo de Santiago, así que tenemos, un protocentralismo coruñés desactivado, un centralismo madrileño de nuevo cuño aliado con resabios localistas -estos claro, de Vigo-, y un novo centralismo de Santiago.

La cosa -siendo un lío- tiene cierta gracia, porque ese día el homenajeado era el exalcalde Francisco Vázquez, que en 2003 acusó a Manuel Fraga de actuar como alcalde de Santiago y no como presidente de Galicia. Francisco Vázquez dijo que en Galicia había ciudadanos de primera división (los santiagueses) y de segunda (el resto). Al parecer, lo que a Vázquez tenía frito en 2003 era la Ley de capitalidad que preparaba entonces el gobierno de Fraga, una ley que regulaba la capitalidad de Santiago, pues hasta entonces era -de un modo formal, al menos- tan solo la sede de las instituciones autonómicas. En respuesta, Fraga acusó a su vez a Vázquez de localista, una acusación que muchos han lanzado contra Vázquez, que también es para sus críticos y sus amigos un reconocido aliado del centralismo español.

Yo encontré las referencias a estos hechos de 2003 en un artículo firmado por Andrés Freire para Libertad Digital, un diario de derechas y españolista, bastante crítico con las autonomías. En su artículo, del 3/3/2003 y titulado El nuevo centralismo, este periodista escribió:

Lo más paradójico de todo este impulso neocentralista es que parece extraído de un manual de construcción nacional del siglo XIX: Ciudad capital a la que se transfieren rentas para “dignificarla” y donde se toman todas las decisiones, estructuración viaria que parte radialmente de la capital, concienciación nacional y lingüística a través de un aparato educativo y cultural... ¡Qué arcaico, qué anacrónico suena todo eso en el siglo XXI, cuando el mundo se organiza cada vez más en redes de ciudades interconectadas!

Es increíble, porque este párrafo contra el neocentralismo de Santiago de Compostela puede caber perfectamente en Madrid es una isla. No desentonaría nada.

¿Qué nos pasa a los gallegos, a los españoles, con el centralismo, con el localismo? ¿Qué problema tengo yo con el centralismo? ¿Y qué problema tengo con Madrid? Esta no es una pregunta retórica que yo me haga ahora porque sí. Hace poco, un periodista me pidió hace poco que le demostrase que no era un provinciano envidioso de la capital. Porque al parecer, lo que los españoles, los gallegos, y yo mismo tenemos con el centralismo y el localismo es algo personal.

Lo cierto es que sí, el centralismo nos afecta, y mucho. Y de un modo muy personal. Porque el Estado en España no es la administración de lo público, de lo que es común y nos pertenece a todos como ciudadanos. La función del Estado es un secuestrar y acumular poder, forzar un entramado de instituciones e intereses personales para gobernar y moldear la sociedad a su imagen y semejanza, y manteniendo ese estado de cosas. Todos tenemos una relación personal con este poder, una relación que se mueve entre la dependencia y la complicidad. Porque en esta relación personal, la simple proximidad es un privilegio. Y si estamos muy cerca del Estado, si ocupamos cargos, o si tenemos familiares dentro, o amigos, o vecinos, nuestra vida es mejor, más fácil, más segura, más alegre incluso. Y este es el provecho -un provecho personal- que la capitalidad reporta en España, y nos gradúa a los españoles entre los privilegiados -cercanos al poder- y los perjudicados -menesterosos que no cuentan con la protección de ese gran poder-. Y por eso todos somos sospechosos, de defender los propios privilegios o de poner en riesgo los viejos derechos adquiridos.

Madrid es hoy, después de tres siglos y medio de ser la sede de poder en España -y este es el asunto de mi libro- una ciudad hiperprivilegiada, una supercapital, que concentra el poder económico, cultural y político del país hasta extremos absurdos, disfuncionales, y con un coste enorme. Madrid es la ciudad más rica de España porque su negocio es el poder, y por eso mismo, porque el poder es el mejor negocio en España, los españoles somos más pobres.

En España apenas hay nada importante que no tenga su principal sede en Madrid: la banca, los transportes, los servicios públicos, los sindicatos, las partidos políticos, los medios de comunicación, las carreteras, la cultura o la investigación se gobiernan desde la capital por un puñado de personas, y unos intereses muy limitados, privativos, particulares.

Esta extrema concentración lo ha condicionado todo, la historia, nuestro desarrollo económico, social, la deuda, hasta hacernos a todos los españoles cómplices y deudores de este estado de cosas.

Muchas gracias. 

                                                                            Librería Arenas,  A Coruña, 18 de marzo de 2013







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