Quienes pasen de los
cuarenta quizá recuerden las trifulcas políticas y desencuentros
que originó la institución de la capital autonómica en Santiago.
Especialmente en Vigo, la posible capitalidad autonómica de A Coruña
-que era entonces la capital administrativa de Galicia- generaba una
enorme desconfianza por que se entendía que originaría un
insoportable centralismo coruñés. El caso es que así se entendió
en buena parte de Galicia y Santiago fue elegida por generar menor
rechazo, por su simbolismo histórico y cultural, y quizá también
para desvincular el nuevo gobierno del pasado.
Treinta años
después de aquellos inicios, Santiago Rey Fernández-Latorre, en la
entrega de sus premios en 2009, acusaba a un centralismo
de nuevo cuño de aliarse con resabios
localistas para perjudicar a los
intereses generales de Galicia. Entonces se decidía la fusión de
las cajas de ahorros, y este centralismo de nuevo cuño era, claro
madrileño, en concreto del PSOE de Zapatero. Manuel Ruíz Rivas,
portavoz parlamentario del PP hablaría incluso de una deriva
centralsita anticonstitucional
El mismo día y
lugar que Fernández-Latorre, el presidente Feijoo, le contestaba en
su discurso a con las siguientes palabras
Esa
Galicia global, señoras e señores, non
é unha Galicia única ou un novo centralismo
nin tampouco unha coalición uniforme, senón un país integrado que
non se conforma con espertar do seu sono…
Se supone que Feijoo
alude -y niega- al novo centralismo de Santiago, así que tenemos, un
protocentralismo coruñés
desactivado, un centralismo madrileño
de nuevo cuño aliado con resabios localistas
-estos claro, de Vigo-, y un novo
centralismo de Santiago.
La cosa -siendo un
lío- tiene cierta gracia, porque ese día el homenajeado era el
exalcalde Francisco Vázquez, que en 2003 acusó a Manuel Fraga de
actuar como alcalde de Santiago y no como presidente de Galicia.
Francisco Vázquez dijo que en Galicia
había ciudadanos de primera división (los santiagueses) y de
segunda (el resto). Al parecer, lo que
a Vázquez tenía frito en 2003 era la Ley de capitalidad que
preparaba entonces el gobierno de Fraga, una ley que regulaba la
capitalidad de Santiago, pues hasta entonces era -de un modo formal,
al menos- tan solo la sede de las instituciones autonómicas. En
respuesta, Fraga acusó a su vez a Vázquez de localista, una
acusación que muchos han lanzado contra Vázquez, que también es
para sus críticos y sus amigos un reconocido aliado del centralismo
español.
Yo encontré las
referencias a estos hechos de 2003 en un artículo firmado por Andrés
Freire para Libertad Digital, un diario de derechas y españolista,
bastante crítico con las autonomías. En su artículo, del 3/3/2003
y titulado El nuevo centralismo,
este periodista escribió:
Lo
más paradójico de todo este impulso neocentralista es que parece
extraído de un manual de construcción nacional del siglo XIX:
Ciudad capital a la que se transfieren rentas para “dignificarla”
y donde se toman todas las decisiones, estructuración viaria que
parte radialmente de la capital, concienciación nacional y
lingüística a través de un aparato educativo y cultural... ¡Qué
arcaico, qué anacrónico suena todo eso en el siglo XXI, cuando el
mundo se organiza cada vez más en redes de ciudades interconectadas!
Es increíble,
porque este párrafo contra el
neocentralismo de Santiago de Compostela
puede caber perfectamente en Madrid es
una isla. No desentonaría nada.
¿Qué nos pasa a
los gallegos, a los españoles, con el centralismo, con el localismo?
¿Qué problema tengo yo con el centralismo? ¿Y qué problema tengo
con Madrid? Esta no es una pregunta retórica que yo me haga ahora
porque sí. Hace poco, un periodista me pidió hace poco que le
demostrase que no era un provinciano envidioso de la capital. Porque
al parecer, lo que los españoles, los gallegos, y yo mismo tenemos
con el centralismo y el localismo es algo personal.
Lo cierto es que sí,
el centralismo nos afecta, y mucho. Y de un modo muy personal. Porque
el Estado en España no es la administración de lo público, de lo
que es común y nos pertenece a todos como ciudadanos. La función
del Estado es un secuestrar y acumular poder, forzar un entramado de
instituciones e intereses personales para gobernar y moldear la
sociedad a su imagen y semejanza, y manteniendo ese estado de cosas.
Todos tenemos una relación personal con este poder, una relación
que se mueve entre la dependencia y la complicidad. Porque en esta
relación personal, la simple proximidad es un privilegio. Y si
estamos muy cerca del Estado, si ocupamos cargos, o si tenemos
familiares dentro, o amigos, o vecinos, nuestra vida es mejor, más
fácil, más segura, más alegre incluso. Y este es el provecho -un
provecho personal- que la capitalidad reporta en España, y nos
gradúa a los españoles entre los privilegiados -cercanos al poder-
y los perjudicados -menesterosos que no cuentan con la protección de
ese gran poder-. Y por eso todos somos sospechosos, de defender los
propios privilegios o de poner en riesgo los viejos derechos adquiridos.
Madrid es hoy,
después de tres siglos y medio de ser la sede de poder en España -y
este es el asunto de mi libro- una ciudad hiperprivilegiada, una
supercapital, que concentra el poder económico, cultural y político
del país hasta extremos absurdos, disfuncionales, y con un coste
enorme. Madrid es la ciudad más rica de España porque su negocio es
el poder, y por eso mismo, porque el poder es el mejor negocio en
España, los españoles somos más pobres.
En España apenas
hay nada importante que no tenga su principal sede en Madrid: la
banca, los transportes, los servicios públicos, los sindicatos, las
partidos políticos, los medios de comunicación, las carreteras, la
cultura o la investigación se gobiernan desde la capital por un
puñado de personas, y unos intereses muy limitados, privativos,
particulares.
Esta extrema
concentración lo ha condicionado todo, la historia, nuestro
desarrollo económico, social, la deuda, hasta hacernos a todos los
españoles cómplices y deudores de este estado de cosas.
Muchas gracias.
Librería Arenas, A Coruña, 18 de marzo de 2013
Muchas gracias.
Librería Arenas, A Coruña, 18 de marzo de 2013

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